
Cada tanto alguien nos escribe con la misma sospecha: «¿dónde está la trampa?». No hay trampa. Y la razón no es comercial sino evangélica.
«Gratis lo recibieron, denlo gratis» (Mt 10, 8). Ese versículo no es un eslogan para nosotros: es el modelo de nuestras apps. Rosarium y las que vienen no cobran, no muestran publicidad y no venden datos. No existe una versión «premium» escondida ni una suscripción que aparecerá más adelante.
¿Cómo se sostiene entonces? Como se sostuvo siempre la obra de la Iglesia: con la providencia y la generosidad de los que pueden dar. Algunos benefactores aportan dinero; otros, horas de código, diseño o traducción; muchos, oración. Todo cuenta y todo alcanza, porque los costos de una app bien hecha son sorprendentemente bajos cuando nadie tiene que llevarse una ganancia.
La gratuidad no es una estrategia de crecimiento: es el mensaje.
Hay además una razón práctica. Nuestras apps tocan lo más íntimo: la lucha por la pureza, la vida de oración, la protección de los hijos. Ese terreno no puede ser un mercado. Nadie debería tener que pagar para protegerse, y ningún algoritmo debería lucrar con los datos de un alma que reza.
Summae es distinta, y conviene decirlo claro: no es una app gratuita sino una plataforma de formación de pago, donde cada institución pone el precio de sus cursos y los gratuitos siguen siendo gratuitos. Lo que sí comparte con las demás: no muestra publicidad ni vende datos.
Si quieres ser parte de esta economía extraña y hermosa, puedes rezar por la obra o hacer un aporte en la sección «Apoyar» del sitio. Y si no puedes dar nada, usa las apps en paz: ya nos diste el motivo por el que existen.



